Poco a poco, lentamente se van moviendo las esferas. Es por la atracción.
La atracción y la repulsión. Siguen girando, infinitamente. Pero nunca se tocarán.
Si lo hicieran explotarían y nadie quiere eso. Nunca nadie quiere eso. Por lo menos concientemente.
Es un deseo oculto. Como el deseo que tenía él, que se hizo realidad.
Hay historias que no deben contarse. No se deben contar porque no llegan a ningún lugar.
No se contarán porque no se entenderán. Sin embargo, siempre hay que intentarlo.
Por sólo intentar. Intentar y nada más. Él la veía detrás del espejo.
Tan cerca y tan lejos, apenas veía su reflejo. Esperaban pacientemente los dos.
Se empañaba un poco el vidrio. Hacía frío. Hacía intriga. Hacía curiosidad.
Los errores pertenecen a la categoría de eventos paranormales, pero no son errores hasta que son aceptados como tal.
Es una pena. Él le regaló canciones. Ella unas cuantas palabras.
Se regalaron algo más. Él le decía que su alma no era tan interesante.
Ella simplemente no lo aceptaba. No a él, sino a lo que decía sobre él.
Dos impacientes esperando pacientemente. Por impacientes se tenían paciencia.
Paciencia mutua. Aunque pocas, palabras varias. Aunque muchas, noches parecidas.
Aunque vacío, cosas en común. Todo les daba curiosidad. Y descubrían.
Como aquel día que descubrieron una bolsa vacía bajo el sofá.
El día en que descubrieron que el agua podía saberles diferente.
La diferencia entre un mismo color. La sincronización de la respiración.
La relatividad de la temperatura. La preferencia por distinguir una nota u otra escuchando el mismo acorde.
La densidad de ese espeso líquido llamado felicidad. Luego aquello de la atracción y la repulsión.
Un ciclo solar. Un ciclo lunar. Un ciclo terrestre. Un par de canicas.
Fue una pena, porque se habían regalado canciones. Algunas palabras también.
Del ciclo nada se escapa, y como seres inanimados, tampoco nadie. Eso de llegar, como si hubiese algún lugar.
Como si hubiese algún fin. Peor para él, que por impaciente pedía paciencia a los demás. Llegaba tarde siempre.
Tanto así que se quedaba sin excusas. A veces ni aparecía.
Como si el sol decidiera un día no salir, aunque verdad es que algunas veces llega tarde.
Y tal como tarde llega, temprano se va. O no. Se sentó para respirar. Agobiado por la nostalgia.
Nostalgia de muchos momentos. Momentos que dejó pasar. Aunque otros logró disfrutar.
Momentos que dejó pasar y no deja ir por completo. Preguntándose qué hubiese pasado de no llegar tarde,
de haber aparecido aquél día. Así ganó su inmortalidad. El día en que la muerte lo esperaba a las diez
en el cruce peatonal. Llegó tarde y sobrevivió para contar.
☺