Él estaba mirando hacia arriba, sentado al borde de la montaña más alta del mundo. Detrás tenía un pasto verde impresionante, que nacía de la tierra y vibraba levemente como si hubiese sido pintado con el color de las estrellas. En sus manos tenía una caña de pescar apuntando hacia el frente y la cuerda colgaba hacia abajo hasta que se perdía en el abismo.

De pronto, apareció un señor sentado en una carreta de cristal tirada por mil caballos azules. Los pasos de los caballos estaban sincronizados y por cada golpe en el suelo blando, se sentía un estruendo capaz de echar abajo todos los edificios de la ciudad. Por suerte, en ese lugar no había edificio alguno.

Al sentirse amenazado, recogió la caña, se puso frente al señor y le dijo:

- No creo en tí.

- No es necesario si yo creo en tí. – le respondió.

Al darse cuenta de lo irreal de la situación, tuvo que llegar a una obvia conclusión, y con voz fuerte y altanera replicó:

- Esto es un sueño.

- ¿Y qué es un sueño?.

- Todo lo que se vive mientras se está durmiendo.

Y entonces despertó.

“Para alguien cuya vida transcurre en la monotonía, el simple hecho de salir de ella temporalmente supone un gran logro”, me dijiste. Luego continuaste con no se cuantas cosas más y te dije: “Calla ya”. Pero tu seguías, como si mis palabras fuesen inaudibles, como si estuviese hablando en otro idioma, o como si mi tono de voz no fuese lo suficientemente alta como para que te inmutaras ni siquiera un poco.

Por un momento cerré los ojos y sumergido dentro del caudal de tus palabras que parecía un arruyo, no pude evitar pensar en Berlín. En mi mente se proyectó una imagen de mi mismo con la cabeza contra el vidrio de una ventana del S-Bahn mientras iba por el Ring de Ostkreuz hacia Westkreuz.

Recordé el olor de Berlín, los sonidos, los colores distorsionados que se veían desde la ventana del tren mientras iba andando. Entonces dijiste: “porque el olor de Berlín…”, y se esfumó el momento, como se habrían esfumado otros más.

Es que no callas, ¡nunca paras!

Una señora gritaba “Mario, Jaime”. Cuando Mario lloraba, Jaime se burlaba, y si escarmentaban a Jaime por reirse, entonces lloraba y Mario se reía de él.

Es una pena tener ojos. Es una pena pensar que se tienen ojos, pensar lo que se ve, lo que se siente. Es una pena tener que cargar todos esos pensamientos, incluyendo el de pensar que es una pena tener ojos, arrastrandolos detrás de ti como un saco de escombros a cuestas sobre la espalda.

Pero cuando dijiste que “no te imaginas lo cerca que están los errores de los descubrimientos. Si tan sólo tuvieses idea de ello, no vivirías la vida de esa forma tan meticulosa”, no aguanté más y tuve que responderte con algo.

Si te duele es porque aún estás vivo.

Entonces me di cuenta que tan difíciles como los finales son los comienzos y escribí esta frase.

Ya viene siendo hora de hacer un breve recuento del año pasado, hablar de los logros propios, de los fracasos ajenos, de la situación socio-politico-económica, incluír unos cuantos “tipsss” (así con muchas heces al final) y finalmente dejar entre línea y línea una idea contundente de cuales son mis opiniones, sin dejar de lado una proyección hacia el futuro inmediato.

Ante todo, lo importante es que aún puedo escupir estas líneas. La verdad es que podría hacerlo mejor, pero esto es lo que tengo.

Quisiera muchas cosas, de verdad. Quisiera cerrar mis sentidos, o más bien, abrirlos hacia adentro y no dejarme viciar por lo que me rodea, buscando tal vez un motivo para despertar algo que siento que se ha dormido hace mucho tiempo.

Pero la situación no es tan sencilla. He allí el problema definitivo de la evolución.

Ya todo está tan visto que sólo nos quedan los extremos. Cada día se hace más difícil sobrevivir y la supervivencia es la clave de todo.

Un buen día, en un futuro no muy lejano, nos encontraremos cómodamente sentados frente a una pantalla viendo una épica carrera de caracoles, comiendo pasapalos a base de tierra fresca mientras los niños se divierten jugando con una escultura transgénica, mezcla de pollo con perro y camaleón, que le compramos a un artista genético en las vacaciones pasadas.

Mejor me conformo con esto. Podría decir cosas peores.

Feliz 2012.

20. Me gustaria que se entendiera al menos la mitad de lo que intento decir.
19. Sobre la confianza: Que su exceso nos convierte en tontos y su déficit en paranoicos.
18. La incapacidad de percibir con detalle lo que nos rodea, eso se llama mediocridad. Es una discapacidad intelectual.
17. No hay cosa peor que extrañar el futuro.
16. Y si todo es relativo, que alguien tenga la amabilidad de decirme ¿Qué es la verdad?
15. El talento sin carisma está destinado a perderse en el olvido. El carisma algunas veces es suficiente para permanecer en la eternidad.
14. El tiempo invertido es directamente proporcional a la calidad de la tarea ejecutada. Las cosas se hacen rápido o se hacen bien, o se hacen lo mejor posible dentro del tiempo estipulado.
13. Los extremos se encuentran en un pequeño punto llamado equilibrio. Si es bien sabida la importancia que tiene el equilibrio en el universo, ¿Por qué tendría que volver a repetirlo?
12. Lo que es placentero, es placentero porque carece de compromiso y supone reto.
12. Si se dejan de lado todas las teorias y proposiciones logicas conocidas, la ciencia se transforma en vulgar arte.
10. Para la especie humana sobrevivir no es suficiente. Necesario es sentir.
9. Eso que tú miras, eso que tú sientes, yo podría verlo similar, podría sentirlo parecido… Pero nunca exactamente igual.
8. Hay cosas que son muy importantes… Por ejemplo, un buen par de zapatos y un corte de cabello agradable.
7. Aprender a improvisar es la mejor preparación que se puede tener ante cualquier situación.
6. Es dificil brillar cuando falta la electricidad.
5. Aquello que quieres escuchar no se encuentra en mis palabras sino en tus interpretaciones.
4. Desde cerca se pueden ver las grietas en la pintura.
3. Lo que se conoce como silencio no es mas que el sonido de los propios pensamientos.
2. Aunque tengamos el don de sentir, pensar, crear y controlar, seguimos siendo máquinas.
1. La clave está en el equilibrio.
0. Todas las cuentas regresivas terminan en cero.

Alrededor de la mesa nos reunimos, yo era el invitado, ellos los mismos de siempre. Conversaban sobre cosas que sólo ellos podían entender y yo apenas indagaba, pero hacía mi esfuerzo. Logré aportar algo, una frase, y ellos seguían seriamente.

Uno inició todo diciendo “¿Y hoy qué vamos a hacer?” y por ahí se fue la noche. Bebían cada trago como si se tratase de algún elixir que los hacía un poco más inteligentes con cada sorbo. Ya a los tantos, las lenguas no podían evitar teñirse de morado, y las sonrisas se veían más macabras, o interesantes, dependiendo de el punto de vista desde donde se mire.

Había otro que cada frase la comenzaba con “A mi me parece…”, y obviamente, aquel era el identificado como el más erudito, el que tenía la lengua más morada, el lider de la manada pues.

Mientras tanto, en algún lugar de la India con seguridad bostezaba un rinoceronte.

Ya cuando el sol se colaba por la ventana, la gente estaba esparcida por el suelo como si los hubiese atacado alguna peste mortal. Sólo los ronquidos indicaban que aún había vida dentro de esos cuerpos que parecían más bien objetos que estorbaban el paso de los insectos que, aunque nunca los vi, seguro que había.

Después del desayuno me acerqué al anfitrión y le dije: La noche estuvo muy productiva e interesante, deberíamos hacer algo con las ideas que surgieron.

Todavía estoy esperando la minuta.

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