“Para alguien cuya vida transcurre en la monotonía, el simple hecho de salir de ella temporalmente supone un gran logro”, me dijiste. Luego continuaste con no se cuantas cosas más y te dije: “Calla ya”. Pero tu seguías, como si mis palabras fuesen inaudibles, como si estuviese hablando en otro idioma, o como si mi tono de voz no fuese lo suficientemente alta como para que te inmutaras ni siquiera un poco.

Por un momento cerré los ojos y sumergido dentro del caudal de tus palabras que parecía un arruyo, no pude evitar pensar en Berlín. En mi mente se proyectó una imagen de mi mismo con la cabeza contra el vidrio de una ventana del S-Bahn mientras iba por el Ring de Ostkreuz hacia Westkreuz.

Recordé el olor de Berlín, los sonidos, los colores distorsionados que se veían desde la ventana del tren mientras iba andando. Entonces dijiste: “porque el olor de Berlín…”, y se esfumó el momento, como se habrían esfumado otros más.

Es que no callas, ¡nunca paras!

Una señora gritaba “Mario, Jaime”. Cuando Mario lloraba, Jaime se burlaba, y si escarmentaban a Jaime por reirse, entonces lloraba y Mario se reía de él.

Es una pena tener ojos. Es una pena pensar que se tienen ojos, pensar lo que se ve, lo que se siente. Es una pena tener que cargar todos esos pensamientos, incluyendo el de pensar que es una pena tener ojos, arrastrandolos detrás de ti como un saco de escombros a cuestas sobre la espalda.

Pero cuando dijiste que “no te imaginas lo cerca que están los errores de los descubrimientos. Si tan sólo tuvieses idea de ello, no vivirías la vida de esa forma tan meticulosa”, no aguanté más y tuve que responderte con algo.

Si te duele es porque aún estás vivo.

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(obligatorio y real)

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