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Un lluvioso día de verano

Lloviznaba levemente. Esa llovizna por la tarde que produce unas inmensas ganas de dormir junto a alguien.

Ella salió un rato y mirando por entre las columnas de la funeraria dejó escapar una lágrima. No lloraba por él, más bien lloraba por ella misma. Quizás por la lluvia, la melancolía es inevitable.

No tenía la mirada fija en algo sino en una idea. Aquella idea tan importante que permitía que todo alrededor desapareciera, dejando sólo un rastro de colores en su visión.

La vi y comprendí su dolor. Sentí su alegría.

- Señor, se cruzó un semáforo, dio una vuelta en U no permitida y pasó de largo un paso peatonal.

Por bajar la ventana me pescó un resfriado. Y digo que me pescó porque sentí una gota engarzar mi labio superior, luego sentí los viriones replicándose en mi boca.

De verdad no comprendo esta ciudad. En la mañana parece La Habana y por la tarde parece Londres.


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