“Para alguien cuya vida transcurre en la monotonía, el simple hecho de salir de ella temporalmente supone un gran logro”, me dijiste. Luego continuaste con no se cuantas cosas más y te dije: “Calla ya”. Pero tu seguías, como si mis palabras fuesen inaudibles, como si estuviese hablando en otro idioma, o como si mi tono de voz no fuese lo suficientemente alta como para que te inmutaras ni siquiera un poco.

Por un momento cerré los ojos y sumergido dentro del caudal de tus palabras que parecía un arruyo, no pude evitar pensar en Berlín. En mi mente se proyectó una imagen de mi mismo con la cabeza contra el vidrio de una ventana del S-Bahn mientras iba por el Ring de Ostkreuz hacia Westkreuz.

Recordé el olor de Berlín, los sonidos, los colores distorsionados que se veían desde la ventana del tren mientras iba andando. Entonces dijiste: “porque el olor de Berlín…”, y se esfumó el momento, como se habrían esfumado otros más.

Es que no callas, ¡nunca paras!

Una señora gritaba “Mario, Jaime”. Cuando Mario lloraba, Jaime se burlaba, y si escarmentaban a Jaime por reirse, entonces lloraba y Mario se reía de él.

Es una pena tener ojos. Es una pena pensar que se tienen ojos, pensar lo que se ve, lo que se siente. Es una pena tener que cargar todos esos pensamientos, incluyendo el de pensar que es una pena tener ojos, arrastrandolos detrás de ti como un saco de escombros a cuestas sobre la espalda.

Pero cuando dijiste que “no te imaginas lo cerca que están los errores de los descubrimientos. Si tan sólo tuvieses idea de ello, no vivirías la vida de esa forma tan meticulosa”, no aguanté más y tuve que responderte con algo.

Si te duele es porque aún estás vivo.

20. Me gustaria que se entendiera al menos la mitad de lo que intento decir.
19. Sobre la confianza: Que su exceso nos convierte en tontos y su déficit en paranoicos.
18. La incapacidad de percibir con detalle lo que nos rodea, eso se llama mediocridad. Es una discapacidad intelectual.
17. No hay cosa peor que extrañar el futuro.
16. Y si todo es relativo, que alguien tenga la amabilidad de decirme ¿Qué es la verdad?
15. El talento sin carisma está destinado a perderse en el olvido. El carisma algunas veces es suficiente para permanecer en la eternidad.
14. El tiempo invertido es directamente proporcional a la calidad de la tarea ejecutada. Las cosas se hacen rápido o se hacen bien, o se hacen lo mejor posible dentro del tiempo estipulado.
13. Los extremos se encuentran en un pequeño punto llamado equilibrio. Si es bien sabida la importancia que tiene el equilibrio en el universo, ¿Por qué tendría que volver a repetirlo?
12. Lo que es placentero, es placentero porque carece de compromiso y supone reto.
12. Si se dejan de lado todas las teorias y proposiciones logicas conocidas, la ciencia se transforma en vulgar arte.
10. Para la especie humana sobrevivir no es suficiente. Necesario es sentir.
9. Eso que tú miras, eso que tú sientes, yo podría verlo similar, podría sentirlo parecido… Pero nunca exactamente igual.
8. Hay cosas que son muy importantes… Por ejemplo, un buen par de zapatos y un corte de cabello agradable.
7. Aprender a improvisar es la mejor preparación que se puede tener ante cualquier situación.
6. Es dificil brillar cuando falta la electricidad.
5. Aquello que quieres escuchar no se encuentra en mis palabras sino en tus interpretaciones.
4. Desde cerca se pueden ver las grietas en la pintura.
3. Lo que se conoce como silencio no es mas que el sonido de los propios pensamientos.
2. Aunque tengamos el don de sentir, pensar, crear y controlar, seguimos siendo máquinas.
1. La clave está en el equilibrio.
0. Todas las cuentas regresivas terminan en cero.

Alrededor de la mesa nos reunimos, yo era el invitado, ellos los mismos de siempre. Conversaban sobre cosas que sólo ellos podían entender y yo apenas indagaba, pero hacía mi esfuerzo. Logré aportar algo, una frase, y ellos seguían seriamente.

Uno inició todo diciendo “¿Y hoy qué vamos a hacer?” y por ahí se fue la noche. Bebían cada trago como si se tratase de algún elixir que los hacía un poco más inteligentes con cada sorbo. Ya a los tantos, las lenguas no podían evitar teñirse de morado, y las sonrisas se veían más macabras, o interesantes, dependiendo de el punto de vista desde donde se mire.

Había otro que cada frase la comenzaba con “A mi me parece…”, y obviamente, aquel era el identificado como el más erudito, el que tenía la lengua más morada, el lider de la manada pues.

Mientras tanto, en algún lugar de la India con seguridad bostezaba un rinoceronte.

Ya cuando el sol se colaba por la ventana, la gente estaba esparcida por el suelo como si los hubiese atacado alguna peste mortal. Sólo los ronquidos indicaban que aún había vida dentro de esos cuerpos que parecían más bien objetos que estorbaban el paso de los insectos que, aunque nunca los vi, seguro que había.

Después del desayuno me acerqué al anfitrión y le dije: La noche estuvo muy productiva e interesante, deberíamos hacer algo con las ideas que surgieron.

Todavía estoy esperando la minuta.

Tenía ella unos cinco años cuando su abuela, que vivía en un sexto piso de un apartamento, le contó aquella historia. Le dijo que tuviese cuidado con el toque de la cobra.

Cuenta la historia que en el momento más inesperado, cuando se supone que debe ser, sentirás el toque de la cobra.

Ella vivió toda la vida cuidándose de las cobras, elaborando maniobras minuciosas en el caso de que apareciese alguna, pues aquella cobra nunca llegaría a tocarla si vivía con precaución.

En las noches despejadas, cuando las estrellas iluminaban la laguna como si fuesen luciérganas sumergidas en ella, contaba la historia cada vez que tenía oportunidad, sin haber llegado a entenderla del todo.

Un día se puso a pensar y llegó a la conclusión de que era una historia absurda, que es imposible que una cobra apareciese en aquél lugar donde vivía. Más que cuestión de tiempo, era cuestión de espacio, pensó, y entonces se olvidó por completo de esa idea que algunas veces le hacía estar noches enteras sin dormir.

Mucho tiempo después, habiendo vivido unos cuantos solsticios, estaba descansando tranquila sobre el sofá luego de haber almorzado. Sus manos reposaban sobre su vientre y miraba el atardecer a traves de la ventana que daba justo al norte, donde se veía un cacho de la ciudad que empezaba a iluminarse poco a poco.

Suspiró sin razón aparente y fue allí cuando lo sintió. Se oyó un sonido sutil como el que hace una burbuja al reventar en la superficie, y entonces comprendió que aquello no podría ser otra cosa sino el toque de la cobra.

Recuerdo vívidamente la primera vez que hablamos, hace un tiempo ya. Iba yo sentado en el bus, haciendo una ruta como de media hora. Era de noche. El bus vacío y yo sentado en la parte de atrás intentando leer un libro cuyo nombre no recuerdo. Cada vez que aceleraba, las letras brincaban en las páginas como si quisieran salir huyendo, y yo hacía mi mejor esfuerzo para mantenerlas dentro.

En una de las paradas subió una chica y se sentó a mi lado. La vi con el rabillo del ojo porque me pareció bastante curioso que habiendo tantos puestos vacíos ella hubiese seleccionado justo el asiento que estaba a mi lado para sentarse. No era hermosa, pero tampoco era un monstruo, más bien me pareció bastante normal.

No tardó mucho tiempo en abrir la boca y decirme:

- ¿Por qué estás leyendo un libro de autoayuda? Eso es para tontos.
- No sé, me lo recomendaron y lo leo cuando tengo tiempo, pero tampoco es que esté muy metido en ello – Dije mientras con un dedo marcaba la página en la que iba, cerraba un poco el libro y miraba fijamente la portada.
- Si estás buscando algo créeme que no lo vas a encontrar ahí.

Y se bajó del bus.

Días después, bajo otras circunstancias y en otro momento del día volví a encontrármela. Esta vez en la parada.

Hacía un poco de frío y faltaba como quince minutos para que llegara el próximo bus. Ella estaba esperando cuando llegué.

La verdad es que no la recordaba en lo absoluto. Ella fue la que me dijo:

- El de los libros de autoayuda. ¿Cómo estás? – Y me dio un leve golpecito en el hombro con el dorso de la mano.

Ese día recuerdo que estuvimos hablando largo rato antes de montarnos en el bus. Yo iba de vuelta a casa y la invité a tomarnos algo. Desde entonces empezó a ocurrir que, al menos una vez por semana, la encontraba en mi habitación esperándome para conversar sobre el pasado, el presente y el futuro.

Lo que más recuerdo de nuestras conversaciones era cierto tema recurrente que giraba en torno a la forma en la que yo veía las cosas que me rodeaban. Ella insistía en decirme que no existía método alguno para lograr algo en concreto, que todo el conocimiento que pudiese obtener no estaba en los libros sino en lo que estaba a mi alrededor.

Recuerdo un momento con bastante claridad… Yo le hablaba sobre mi trabajo, sobre un problema que parecía no tener solución, cuando ella me interrumpió abruptamente con una retahíla de palabras casi amontonadas. Me dijo:

- Déjate de tonterías, nada es imposible. Las cosas que aún no se han logrado es porque nadie ha tenido el tiempo suficiente para dedicarse a observar cómo resolverlas. Esa es la capacidad más importante que podemos tener. De hecho, la habilidad de observar es tan poderosa, que incluso observando podemos modificar lo que nos rodea.

Iba yo a interrumpirla mientras inhalaba un poco de aire, y ella se me adelantó:

- Por ejemplo ahora, te he dicho algo importantísimo y aunque me has escuchado, no comprendiste ni una palabra de lo que dije, y si me dices lo contrario estarías mintiendo.

Esta vez sí me quedé callado, pero las palabras seguían saliendo de su boca:

- Cuando te hablo de observar no me refiero a que mires, porque cualquiera que tenga vista puede mirar. Así como cualquiera que tenga oído puede escuchar, como tú hace un momento pero no entendiste ni pizca de lo que te dije. Cuando te hablo de observar, me refiero a que tengas todos tus sentidos bien abiertos, que percibas hasta el leve roce de la brisa, los olores, sabores, pensamientos, que sientas el latido de tu corazón y escuches tus ideas, y sólo cuando puedas alcanzar ese momento, tendrás en tus manos la capacidad de resolver cualquier problema, y comprenderás entonces lo que en realidad significa el tiempo y el espacio.

Todo esto me lo dijo mientras yo sin pestañear me quedaba con la boca entreabierta mirando un punto fijo en la pared, cuando repentinamente escuché el tronar de la puerta del cuarto y jamás la volví a ver.

Hace ya algún tiempo de aquello y aún la recuerdo. Cada día que pasa la extraño más. Aunque a decir verdad hay detalles que no termino de entender, como por ejemplo, de qué forma ella lograba estar esperándome siempre en el cuarto sin tener la llave de mi casa, de por qué siendo ella mujer nunca tuvimos nada más allá que simples conversaciones y de por qué no puedo lograr recordar su nombre ni cómo lucía físicamente.

Así que de ella los únicos recuerdos que me quedaron fueron aquellas conversaciones que de vez en cuando aparecen en mi cabeza como una niebla densa y un nombre no muy creativo que decidí inventarle para recordarla con más claridad: Soledad.

Poco después descubrí que puedo obtener cualquier cosa que pueda desear, pero sólo si cumplo el deseo antes de contarlo.

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