Recuerdo vívidamente la primera vez que hablamos, hace un tiempo ya. Iba yo sentado en el bus, haciendo una ruta como de media hora. Era de noche. El bus vacío y yo sentado en la parte de atrás intentando leer un libro cuyo nombre no recuerdo. Cada vez que aceleraba, las letras brincaban en las páginas como si quisieran salir huyendo, y yo hacía mi mejor esfuerzo para mantenerlas dentro.
En una de las paradas subió una chica y se sentó a mi lado. La vi con el rabillo del ojo porque me pareció bastante curioso que habiendo tantos puestos vacíos ella hubiese seleccionado justo el asiento que estaba a mi lado para sentarse. No era hermosa, pero tampoco era un monstruo, más bien me pareció bastante normal.
No tardó mucho tiempo en abrir la boca y decirme:
- ¿Por qué estás leyendo un libro de autoayuda? Eso es para tontos.
- No sé, me lo recomendaron y lo leo cuando tengo tiempo, pero tampoco es que esté muy metido en ello – Dije mientras con un dedo marcaba la página en la que iba, cerraba un poco el libro y miraba fijamente la portada.
- Si estás buscando algo créeme que no lo vas a encontrar ahí.
Y se bajó del bus.
Días después, bajo otras circunstancias y en otro momento del día volví a encontrármela. Esta vez en la parada.
Hacía un poco de frío y faltaba como quince minutos para que llegara el próximo bus. Ella estaba esperando cuando llegué.
La verdad es que no la recordaba en lo absoluto. Ella fue la que me dijo:
- El de los libros de autoayuda. ¿Cómo estás? – Y me dio un leve golpecito en el hombro con el dorso de la mano.
Ese día recuerdo que estuvimos hablando largo rato antes de montarnos en el bus. Yo iba de vuelta a casa y la invité a tomarnos algo. Desde entonces empezó a ocurrir que, al menos una vez por semana, la encontraba en mi habitación esperándome para conversar sobre el pasado, el presente y el futuro.
Lo que más recuerdo de nuestras conversaciones era cierto tema recurrente que giraba en torno a la forma en la que yo veía las cosas que me rodeaban. Ella insistía en decirme que no existía método alguno para lograr algo en concreto, que todo el conocimiento que pudiese obtener no estaba en los libros sino en lo que estaba a mi alrededor.
Recuerdo un momento con bastante claridad… Yo le hablaba sobre mi trabajo, sobre un problema que parecía no tener solución, cuando ella me interrumpió abruptamente con una retahíla de palabras casi amontonadas. Me dijo:
- Déjate de tonterías, nada es imposible. Las cosas que aún no se han logrado es porque nadie ha tenido el tiempo suficiente para dedicarse a observar cómo resolverlas. Esa es la capacidad más importante que podemos tener. De hecho, la habilidad de observar es tan poderosa, que incluso observando podemos modificar lo que nos rodea.
Iba yo a interrumpirla mientras inhalaba un poco de aire, y ella se me adelantó:
- Por ejemplo ahora, te he dicho algo importantísimo y aunque me has escuchado, no comprendiste ni una palabra de lo que dije, y si me dices lo contrario estarías mintiendo.
Esta vez sí me quedé callado, pero las palabras seguían saliendo de su boca:
- Cuando te hablo de observar no me refiero a que mires, porque cualquiera que tenga vista puede mirar. Así como cualquiera que tenga oído puede escuchar, como tú hace un momento pero no entendiste ni pizca de lo que te dije. Cuando te hablo de observar, me refiero a que tengas todos tus sentidos bien abiertos, que percibas hasta el leve roce de la brisa, los olores, sabores, pensamientos, que sientas el latido de tu corazón y escuches tus ideas, y sólo cuando puedas alcanzar ese momento, tendrás en tus manos la capacidad de resolver cualquier problema, y comprenderás entonces lo que en realidad significa el tiempo y el espacio.
Todo esto me lo dijo mientras yo sin pestañear me quedaba con la boca entreabierta mirando un punto fijo en la pared, cuando repentinamente escuché el tronar de la puerta del cuarto y jamás la volví a ver.
Hace ya algún tiempo de aquello y aún la recuerdo. Cada día que pasa la extraño más. Aunque a decir verdad hay detalles que no termino de entender, como por ejemplo, de qué forma ella lograba estar esperándome siempre en el cuarto sin tener la llave de mi casa, de por qué siendo ella mujer nunca tuvimos nada más allá que simples conversaciones y de por qué no puedo lograr recordar su nombre ni cómo lucía físicamente.
Así que de ella los únicos recuerdos que me quedaron fueron aquellas conversaciones que de vez en cuando aparecen en mi cabeza como una niebla densa y un nombre no muy creativo que decidí inventarle para recordarla con más claridad: Soledad.
Poco después descubrí que puedo obtener cualquier cosa que pueda desear, pero sólo si cumplo el deseo antes de contarlo.