Tenía ella unos cinco años cuando su abuela, que vivía en un sexto piso de un apartamento, le contó aquella historia. Le dijo que tuviese cuidado con el toque de la cobra.

Cuenta la historia que en el momento más inesperado, cuando se supone que debe ser, sentirás el toque de la cobra.

Ella vivió toda la vida cuidándose de las cobras, elaborando maniobras minuciosas en el caso de que apareciese alguna, pues aquella cobra nunca llegaría a tocarla si vivía con precaución.

En las noches despejadas, cuando las estrellas iluminaban la laguna como si fuesen luciérganas sumergidas en ella, contaba la historia cada vez que tenía oportunidad, sin haber llegado a entenderla del todo.

Un día se puso a pensar y llegó a la conclusión de que era una historia absurda, que es imposible que una cobra apareciese en aquél lugar donde vivía. Más que cuestión de tiempo, era cuestión de espacio, pensó, y entonces se olvidó por completo de esa idea que algunas veces le hacía estar noches enteras sin dormir.

Mucho tiempo después, habiendo vivido unos cuantos solsticios, estaba descansando tranquila sobre el sofá luego de haber almorzado. Sus manos reposaban sobre su vientre y miraba el atardecer a traves de la ventana que daba justo al norte, donde se veía un cacho de la ciudad que empezaba a iluminarse poco a poco.

Suspiró sin razón aparente y fue allí cuando lo sintió. Se oyó un sonido sutil como el que hace una burbuja al reventar en la superficie, y entonces comprendió que aquello no podría ser otra cosa sino el toque de la cobra.

 

Recuerdo vívidamente la primera vez que hablamos, hace un tiempo ya. Iba yo sentado en el bus, haciendo una ruta como de media hora. Era de noche. El bus vacío y yo sentado en la parte de atrás intentando leer un libro cuyo nombre no recuerdo. Cada vez que aceleraba, las letras brincaban en las páginas como si quisieran salir huyendo, y yo hacía mi mejor esfuerzo para mantenerlas dentro.

En una de las paradas subió una chica y se sentó a mi lado. La vi con el rabillo del ojo porque me pareció bastante curioso que habiendo tantos puestos vacíos ella hubiese seleccionado justo el asiento que estaba a mi lado para sentarse. No era hermosa, pero tampoco era un monstruo, más bien me pareció bastante normal.

No tardó mucho tiempo en abrir la boca y decirme:

- ¿Por qué estás leyendo un libro de autoayuda? Eso es para tontos.
- No sé, me lo recomendaron y lo leo cuando tengo tiempo, pero tampoco es que esté muy metido en ello – Dije mientras con un dedo marcaba la página en la que iba, cerraba un poco el libro y miraba fijamente la portada.
- Si estás buscando algo créeme que no lo vas a encontrar ahí.

Y se bajó del bus.

Días después, bajo otras circunstancias y en otro momento del día volví a encontrármela. Esta vez en la parada.

Hacía un poco de frío y faltaba como quince minutos para que llegara el próximo bus. Ella estaba esperando cuando llegué.

La verdad es que no la recordaba en lo absoluto. Ella fue la que me dijo:

- El de los libros de autoayuda. ¿Cómo estás? – Y me dio un leve golpecito en el hombro con el dorso de la mano.

Ese día recuerdo que estuvimos hablando largo rato antes de montarnos en el bus. Yo iba de vuelta a casa y la invité a tomarnos algo. Desde entonces empezó a ocurrir que, al menos una vez por semana, la encontraba en mi habitación esperándome para conversar sobre el pasado, el presente y el futuro.

Lo que más recuerdo de nuestras conversaciones era cierto tema recurrente que giraba en torno a la forma en la que yo veía las cosas que me rodeaban. Ella insistía en decirme que no existía método alguno para lograr algo en concreto, que todo el conocimiento que pudiese obtener no estaba en los libros sino en lo que estaba a mi alrededor.

Recuerdo un momento con bastante claridad… Yo le hablaba sobre mi trabajo, sobre un problema que parecía no tener solución, cuando ella me interrumpió abruptamente con una retahíla de palabras casi amontonadas. Me dijo:

- Déjate de tonterías, nada es imposible. Las cosas que aún no se han logrado es porque nadie ha tenido el tiempo suficiente para dedicarse a observar cómo resolverlas. Esa es la capacidad más importante que podemos tener. De hecho, la habilidad de observar es tan poderosa, que incluso observando podemos modificar lo que nos rodea.

Iba yo a interrumpirla mientras inhalaba un poco de aire, y ella se me adelantó:

- Por ejemplo ahora, te he dicho algo importantísimo y aunque me has escuchado, no comprendiste ni una palabra de lo que dije, y si me dices lo contrario estarías mintiendo.

Esta vez sí me quedé callado, pero las palabras seguían saliendo de su boca:

- Cuando te hablo de observar no me refiero a que mires, porque cualquiera que tenga vista puede mirar. Así como cualquiera que tenga oído puede escuchar, como tú hace un momento pero no entendiste ni pizca de lo que te dije. Cuando te hablo de observar, me refiero a que tengas todos tus sentidos bien abiertos, que percibas hasta el leve roce de la brisa, los olores, sabores, pensamientos, que sientas el latido de tu corazón y escuches tus ideas, y sólo cuando puedas alcanzar ese momento, tendrás en tus manos la capacidad de resolver cualquier problema, y comprenderás entonces lo que en realidad significa el tiempo y el espacio.

Todo esto me lo dijo mientras yo sin pestañear me quedaba con la boca entreabierta mirando un punto fijo en la pared, cuando repentinamente escuché el tronar de la puerta del cuarto y jamás la volví a ver.

Hace ya algún tiempo de aquello y aún la recuerdo. Cada día que pasa la extraño más. Aunque a decir verdad hay detalles que no termino de entender, como por ejemplo, de qué forma ella lograba estar esperándome siempre en el cuarto sin tener la llave de mi casa, de por qué siendo ella mujer nunca tuvimos nada más allá que simples conversaciones y de por qué no puedo lograr recordar su nombre ni cómo lucía físicamente.

Así que de ella los únicos recuerdos que me quedaron fueron aquellas conversaciones que de vez en cuando aparecen en mi cabeza como una niebla densa y un nombre no muy creativo que decidí inventarle para recordarla con más claridad: Soledad.

Poco después descubrí que puedo obtener cualquier cosa que pueda desear, pero sólo si cumplo el deseo antes de contarlo.

 

Se levantó del sofá y tomó un libro que había en la mesa. En la portada ponía: “Autobiografía”, pero no se podía leer nada más. Era un libro como de unas trescientas páginas y de tamaño mediano. Se sentó de nuevo cómodamente y lo abrió.

La primera página estaba en blanco.

Pasó la primera y la segunda también. Siguió con la tercera, la quinta, la décima, la última, todas estaban en blanco. Por un momento entró en pánico. ¿Será que había comido algo extraño? ¿Cómo es que un libro que estaba en la mesa de su casa puede tener todas sus páginas en blanco? Empezó a asustarse exponencialmente.

Buscó alguna otra cosa que tuviese varias páginas para ver si sólo era ese libro o era su vista, quizás su mente. Buscó en los sitios que pensaba que podría haber un libro, un periódico o una revista y no encontró absolutamente nada. A estas alturas sólo se le ocurría que por alguna extraña razón, todos los libros del mundo tenían vacío en sus páginas. Que más nunca podría disfrutar de las manchas oscuras que formaban las letras en el papel y que se tendría que conformar con observar y oler la pulcritud de esas páginas vacías que apenas tenían colores con matices suaves.

Salió de casa con prisa, necesitaba encontrar un libro. Podía haber entrado a la librería que quedaba en su misma calle, pero eso significaba entrar con calma, escuchar la musiquita suave que ponían para hacer ambiente, disimular mucho y acercarse a una estantería para tomar un libro, abrirlo y sin asombro observar sus páginas.

Pero no pudo.

Corrió como un kilómetro hacia la librería, y cuando digo corrió es porque corrió. Sus pasos veloces y amplios casi rozaban el pavimento. Me hubiese gustado ver la expresión de su cara. Seguramente estaba lleno de terror, sudando, hiperventilado. Llegó a la biblioteca y justo antes de entrar guardó un poco de compostura. Enderezó su cuerpo e intentó relajarse para no levantar sospechas, aunque aún le latía la cabeza por causa de la carrera. Subió un piso hasta donde estaban los libros de Ciencia-Ficción, sus favoritos. Metió la mano en el estante y sacó lo primero que se le cruzó por los dedos. Agarró algo, uno de Verne creo.

Cerró los ojos, porque tenía que cerrarlos. Si no los hubiese cerrado seguro que la escena no hubiese quedado completa. Tomó todo el aire que pudo, exhaló y abrió el libro. Entre la nube de manchas oscuras identificó una frase, la cual leyó y quedó impresa en su mente: “Un personaje cuya existencia era tan regular, que nunca dormía fuera de casa, que no viajaba, que no se ausentaba jamás…”.

En ese momento algo cambió. ¡Definitivamente cambió!. Volvió a casa tranquilo, como si se hubiese quitado un peso de encima. Eso sí, con la convicción de que tendría que hacer algo con esas páginas en blanco y con una revelación un poco retorcida: Había descubierto que el tiempo era un gas y que cada vez que había intentado atraparlo con las manos, se deslizaba entre sus dedos hasta perderse en el cielo.

Sólo aguantando la respiración pudo retener el tiempo. Hasta que se desmayó y quedó tendido en la acera.

 

Para poder escribir, es necesario leer. Y es muy posible que en medio de nuestra creación podamos cometer el sutil error de tomar algo de lo que hayamos leído.

Para poder componer, es necesario escuchar la música. Y es muy posible que en nuestra composición podamos cometer el sutil error de tomar algo de lo que hayamos escuchado.

Para poder vivir, es necesario observar las vidas de quienes nos rodean. Y es muy posible que en algún momento podamos cometer el sutil error de estar anhelando metas ajenas.

 

Daniel es el hermano menor de Claudio. Un domingo estando en casa, Daniel intentaba leer “Discurso del método” mientras Claudio miraba una película en la televisión con el volumen bastante alto.

Daniel se enfada y grita:
- Coño Claudio, ¿podrías bajarle un poco el volumen a la tele? ¡Que no me dejas leer!
- ¿Qué lees? – Responde Claudio con cierta indiferencia.
- A Descartes.
- Ahm. – hace una pausa – Oye una pregunta…
- Dime. – Replica Daniel con cierto enfado.
- ¿Cuanto es cuarenta y dos por cinco?

Daniel extrañado por la pregunta se toma un momento para pensar la respuesta correcta. Al finalizar el cálculo responde con desdén:

- Doscientos diez.

Claudio entre risas se apresura a responderle:

- Ahora tienes una prueba para justificar tu existencia.

Al parecer Daniel nunca pudo recuperarse de aquella frase, pues días después se le vio sentado junto a Claudio en el sofá disfrutando de alguna tonta comedia.

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